Socialism is the Best Medicine

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COVID-19: Una cuestión de PODER

April 7, 2020

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(Traducido por Luis Guillermo Rangel Rojas)

Globalmente, mucha gente está temerosa, enojada, con incertidumbre y sin confianza en su dirección nacional. The Lancet

La pandemia del COVID-19 está afectando a la gente en todo el mundo de una forma inmediata y personalmente profunda. Cerca de un tercio de la humanidad está bajo alguna forma de confinamiento. Dentro de un mes de cuarentena, 60 por ciento de las trabajadoras y trabajadores estadounidenses no serán capaces de pagar sus rentas o de comprar alimentos. La sociedad ha sido lanzada al caos, y el orden establecido está fracasando en satisfacer las necesidades de la gente.

¿Qué necesita cambiar? ¿Qué tipo de sociedad queremos y cómo podemos llegar a ella? Antes de poder responder a estas preguntas, necesitamos clarificar qué es lo que salió mal y quién es el responsable.

¿Qué salió mal?

Para maximizar las ganancias, la economía capitalista global está basada en la producción Just-in-time y en el inventario cero, sin reservas para lo inesperado. Cuando la crisis ocurre, las cadenas de suministro se rompen, la gente es echada de sus trabajos, y la obtención de bienes básicos se vuelve difícil.

Las políticas de austeridad fueron impuestas sobre la falaz premisa según la cual un gobierno pequeño es mejor porque, se argumentaba, el sector privado puede proporcionar servicios de una manera más eficaz. Cuando fueron desafiados por este virus, se desnudaron, y gobiernos y líderes empresariales se tambalearon, mientras que naciones con robustos programas de salud pública probaron ser mejores para contener la pandemia, preservar los trabajos y salvar vidas.

¿Quién es responsable?

La clase capitalista reclama su exclusivo derecho a mandar, aunque hayan fracasado en prepararse para el COVID-19, han fracasado en cooperar; han levantado una respuesta desorganizada y se han negado a aceptar la responsabilidad por el desastroso resultado.

De acuerdo con The Atlantic, “La respuesta americana al coronavirus fracasó porque no entendíamos la complejidad del problema”; The New York Times postuló que “la fuerza fundamental que está dañando a la economía es … un virus fuera de control.”

La falta de entendimiento no causó este problema; se predijo años atrás. Tampoco el virus causó la crisis. Las acciones humanas determinan cómo las infecciones se esparcen y qué tanto daño causa.

El mundo gasta más de un billón de dólares por año en la guerra, mientras que la Organización Mundial de la Salud (OMS) reporta que sólo la mitad de los países del mundo cuentan con un programa nacional para controlar la infección, que incluya agua limpia, sanitización, y estándares higiénicos en todas las instalaciones médicas.

Ocho países, que contienen el 25 por ciento de la población mundial, tienen sistemas médicos inadecuados debido a sanciones económicas punitivas. Venezuela es uno de éstos. Cuando Venezuela pidió al Fondo Monetario Internacional un préstamo de emergencia para lidiar con la pandemia, su solicitud fue rechazada.

La clase capitalista es 100 por ciento responsable por esta crisis global y por cada muerte que ellos pudieron prevenir.

Su explotación temeraria del mundo no humano ha liberado nuevos patógenos peligrosos. Su impulso por acumular capital crea confinamientos masivos y alienta la expansión de la enfermedad. Su competencia por ganancias, previene la cooperación entre todas las naciones. Cuando fueron desafiados por el COVID-19, su castillo de naipes colapsó.

Un infierno a pagar

El 26 de marzo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) reportó que

los millones de muertes y los sistemas de salud colapsados nos diezmaron financieramente y como sociedad… El impacto del cierre de negocios puede generar reducciones del 15% o más en el nivel de producción en las economías avanzadas y la mayoría de las economías emergentes. En promedio, la producción puede caer en un 25%.

Si esta proyección es correcta, entonces la depresión económica global será más profunda y larga que durante la Gran Depresión de los años 1930.

En La Doctrina del Shock (2007), Naomi Klein describe cómo los capitalistas tratan a las crisis como una oportunidad para incrementar su riqueza y poder. Esta crisis no es la excepción.

Incluso mientras la pandemia se desata, los capitalistas presionan para reiniciar la economía al costo de más muertes; cortar el acceso a la atención médica cuando se necesita lo contrario; y a costear la extracción de petróleo en vez de la salud pública.

La Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) les dio a las industrias contaminantes un regalo deseado desde hace mucho, al suspender las regulaciones ambientales “durante el brote del coronavirus”, sin especificar la fecha de finalización. Pennsylvania declaró la construcción de gasoductos como un servicio esencial.

La Junta Nacional de Relaciones Laborales de los Estados Unidos suspendió todas las elecciones sindicales e hizo más difícil para las trabajadoras y trabajadores el organizarse en nuevos sindicatos y en mantener a los ya existentes.

Washington buscó sellar la frontera con México, regresando a las buscadoras de asilo y deportando a las “ilegales” a sus países de origen. La excusa de proteger a las y los estadounidenses es falsa, pues el número de casos confirmados den EEUU es mayor que todos los casos en América Latina y el Caribe juntos.

Las autoridades intensifican la vigilancia y el rastreo de la población apuntando a grupos específicos, suspendiendo las libertades civiles, prohibiendo reuniones públicas, prohibiendo manifestaciones de protesta, e incrementando el papel del ejército en la sociedad civil. The New York Times advirtió que

líderes alrededor del globo están invocando poderes ejecutivos y aprovechando para obtener virtualmente autoridad dictatorial.

Restaurar la rentabilidad económica después de la pandemia requerirá “una molida y profunda destrucción de todo lo que el capitalismo ha acumulado en las décadas previas”. Los pequeños negocios y las naciones más pobres serán llevadas a la bancarrota, permitiendo a las grandes corporaciones y a las naciones más ricas el absorberlas y así volverse incluso más grandes. La desigualdad se disparará, mientras que miles de millones de personas luchan desesperadamente por sobrevivir. La fuerza bruta será necesaria para suprimir a la disidencia.

La clase trabajadora puede ir junto con esta agenda capitalista -ganancias para los pocos y miseria para las mayorías- o puede escoger un camino diferente, uno que cumpla con sus necesidades.

Ideas

Nos dice Naomi Klein que cuando las crisis ocurren, “las acciones que se toman dependen de las ideas que están por ahí”.

La idea de que la clase trabajadora puede acabar con el dominio capitalista y dirigir directamente a la sociedad no está “por ahí”. Los capitalistas han hecho un agujero profundo en la memoria, por una buena razón. Las y los trabajadores tienen el poder de detener el flujo de ganancias, democratizar a la sociedad y de redirigir la producción para satisfacer las necesidades humanas.

En respuesta a la crisis de la Primera Guerra Mundial, la clase trabajadora tomó el poder en Rusia, inspirando una ola global de revueltas. Los capitalistas apenas la derrotaron con la combinación de la fuerza bruta y grandes concesiones.

Durante la Gran Depresión de los 1930, las trabajadoras estadounidenses le crearon serios desafíos al sistema capitalista. Para salvar a éste, la administración Roosevelt fue obligada a conceder el New Deal.

Hoy, la clase trabajadora es más grande y más poderosa que nunca, constituye a más de la mitad de la humanidad y está conectada a través de los sistemas de producción y comunicación.

El concepto de revolución proletaria es mucho muy peligroso para dejarlo “por ahí”. Debe ser desenterrado de entre el montón de mentiras capitalistas y resucitado en su forma original.

 Los “deberían”

Las ideas a las que se les permite estar “por ahí” son las que pueden ser ignoradas o incorporadas (incluso temporalmente) en el sistema existente. Yo llamo a estas ideas los “deberían”, por ejemplo, “ellas deberían hacer x en vez de y”.

Los “deberían” dominan a la izquierda liberal bajo la forma de propuestas, planes y políticas que la clase dominante debería adoptar para responder a la crisis. Éstas incluyen: proteger los empleos y salarios, proteger a las trabajadoras esenciales; expandir los sistemas de salud pública y de protección social; un ingreso básico universal; nacionalización de las industrias en vez de recuperarlas, suspender o perdonar las deudas de las consumidoras, rentas y los pagos hipotecarios; prohibir los desahucios, las ejecuciones hipotecarias, los cortes a servicios básicos; liberar a convictos, refugiadas e inmigrantes; terminar con el encarcelamiento, acabar con las sanciones económicas punitivas; perdonar la deuda externa; y desfinanciar al ejército.

Tales demandas deberían implementarse. Sin embargo, la clase dominante es sorda ante cualquier idea que no sea rentable o pueda socavar su control. Ellos prefieren más bien sacrificar a una generación de personas mayores y débiles, antes que sufrir una pérdida en sus ganancias. Ellos sólo hacen lo correcto bajo la amenaza de revueltas masivas y sólo hasta que restablezcan su control.

A pesar de esta realidad, la intelectualidad persiste en el engaño de que las prioridades capitalistas son negociables, porque no ven alternativas. Posicionados como los “expertos” de la sociedad, perciben su papel como asesores , no como facilitadores de la revolución proletaria. Esto se revela en su uso persistente del término “todos estamos juntos en esto” y “Deberíamos…”

No puede haber un “nosotros” en una sociedad que está dividida entre una clase explotadora y una clase explotada. Nosotros (la mayoría) debemos escoger un bando.

Hasta que las y los trabajadores presionen por sus demandas como clase, las clases medias chocarán sus cabezas ante la pared capitalista, buscando soluciones de quiénes sus preocupaciones primordiales son, y siempre han sido, y siempre serán, el amasar más capital que sus competidores, sin importarles el costo en sufrimiento humano.

 La clase trabajadora

Muchas personas han “descubierto” la importancia de la clase trabajadora, los chicos que nos alimentan, que nos transportan, que nos llevan correspondencia, que levantan nuestra basura, que atienden nuestras enfermedades, y que realizan las tareas diarias que normalmente se consideran como garantizadas. No más.

Los letreros caseros y enormes notas de “¡Gracias!” escritas en las paredes de las ciudades, calles y banquetas despliegan una nueva conciencia sobre de quiénes dependemos realmente para sobrevivir. Mientras que capitalistas y políticos vacilan sobre el costo de los cuidados, las trabajadoras esenciales ponen sus vidas en primera línea para proveer lo que la gente necesita.

Valorar el rol vital de las trabajadoras no es lo mismo que considerarlas como una clase revolucionaria.

La mayoría de los reformistas de izquierdas creen que las trabajadoras deberían liberarse del abuso, ser reconocidas por su contribución y bien retribuidas. En cualquier caso, no ven a la clase trabajadora como la solución a los problemas de la sociedad, sino como víctimas que necesitan ser rescatadas. Cuando en realidad las trabajadoras son las rescatistas de la sociedad.

Las trabajadoras alrededor del mundo luchan por proteger la salud pública en contra de la férrea resistencia de los empresarios quiénes presionan a reducir sus costos y mantenerse en actividades, prolongando la pandemia e incrementando la tasa de letalidad.

Las ganancias de Amazon se están elevando debido al ascenso de las compras online. Sin embargo, la corporación más grande del mundo, dirigida por el hombre más rico del mundo, se negó a implementar medidas para proteger a sus trabajadoras y clientes. Para obligar al cumplimiento de Amazon, las trabajadoras en Whole Foods, organizaron una falta masiva.

Las trabajadoras de General Electric que enfrentan la pérdida de empleos están presionando a una empresa reacia a convertir sus fábricas cerradas o subocupadas para producir más ventiladores.

Las trabajadoras del transporte son esenciales para llevar a las trabajadoras esenciales a sus empleos. Sin embargo, en muchas ciudades no se les provee con equipo de protección personal, sanitización de sus vehículos o la implementación de distanciamiento físico, amenazando tanto a las conductoras como a las pasajeras.

Las conductoras de autobuses de Detroit se negaron a trabajar bajo dichas condiciones. En 24 horas, ganaron todas sus demandas, incluyendo el bloquear la primera fila de asientos, el hacer que los pasajeros entraran y salieran por las puertas traseras, y el no colectar los pasajes. Como el presidente del sindicato Glenn Tolbert subrayó: “tomó al conductor desprevenido, pero la huelga fue por ellos”.

En cada nación y en cada nivel de la sociedad, las y los trabajadores están demostrando que lo que les beneficia, promueve a la salud pública, y los capitalistas están demostrando que lo que a ellos les beneficia la amenaza.

 ¿Control estatal?

Las entidades que buscan ganancias no pueden resolver los problemas sociales o amortiguar el desastre en la sociedad. ¿La solución es entonces, nacionalizar la producción de bienes esenciales, así como el suministro de servicios básicos? Nacionalizar algo, o ponerlo “bajo control público”, significa ponerlo en manos del Estado.

Los servicios esenciales deberían de nacionalizarse, porque las industrias administradas por el estado son generalmente más responsables con las necesidades humanas que las lucrativas. En cualquier caso, se ha comprobado que este beneficio es temporal. Las políticas de austeridad impuestas en España, Portugal, Canadá y en el Reino Unido recortaron miles de millones de dólares de los sistemas médicos nacionales, al punto de que tampoco pudieron estar preparados para la pandemia ni responder a ésta eficazmente.

El Estado no es un cuerpo neutral a las clases que sirve a un bien mayor. La clase capitalista construyó al Estado como un arma para asegurar su dominio sobre la sociedad.

Un estado que invierte miles de millones de dólares en la guerra y miles de millones más en la extracción de combustibles fósiles, que rechaza proveer las necesidades básicas de la vida, que suprime a las protestas por la fuerza, que encarcela a las oprimidas, es una herramienta de la clase dominante. Y las herramientas del amo nunca puede usarse para desmantelar la casa del amo.

El control público requiere de control obrero

Sólo hay una forma para asegurar que una industria, institución o servicio funcione únicamente al interés público- ponerla bajo control obrero.

En todo el mundo, trabajadoras médicas han pagado con sus vidas el lidiar con el desastre creado por la incompetencia y negligencia capitalista. Si las trabajadoras hubieran estado a cargo de los sistemas médicos, éstos habrían estado preparados para esta pandemia y se habrían movido rápido para contenerla. Habrían cooperado para proporcionarle al público, con tiempo, información precisa y se habría movilizado para superar el reto. Posteriormente, habrían identificado errores e implementado medidas correctivas.

La clase capitalista no puede tolerar dichos proyectos. Cualquier muestra del poder de las trabajadoras se expandiría más rápido que el coronavirus.

La única forma en que las trabajadoras pueden administrar cualquier sección de la sociedad es quitando a los capitalistas del poder y tomar el control de la sociedad en su conjunto.

 Una cuestión de poder

 Los capitalistas insisten en que el cambio social acontece, a lo mucho, lentamente. Sin embargo, aparentemente, y de la noche a la mañana, las relaciones sociales han cambiado dramáticamente, de formas nunca antes vistas. El mundo se está remodelando. La cuestión es qué clase lo moldeará para sus intereses.

No habrá un “retorno a la normalidad”. El sistema capitalista va cuesta abajo. Los esfuerzos por aplanar la curva epidémica también prolongarán y profundizaron la recesión económica.

La solución a esta crisis no es exigir un capitalismo progresivo, o un capitalismo pequeño, de kínder.

La solución no es contraponer la competencia internacional con la autosuficiencia nacional, porque las pandemias se generan en cualquier lugar y se expanden por todos lados.

La solución no es cobrarle impuestos a Amazon o incluso nacionalizarla. La solución es que las trabajadoras de Amazon quiten a Jeff Bezos del poder y que diseñen un ambiente que proteja la salud, para ellas, sus proveedores y clientes.

Tal como lo explico en Rebel Minds, la clase trabajadora produce toda la riqueza social, conforma a la mayoría de la humanidad e incluye a la mayoría de la gente de cada grupo oprimido. Una clase trabajadora unida puede acabar con el dominio capitalista, abolir toda opresión y construir una sociedad global verdaderamente democrática.

No podemos permitir que la clase capitalista siga tomando decisiones que amenacen nuestra supervivencia. Debemos colocar en la agenda el “quitar a la clase capitalista del poder”. No podemos “esperar hasta que la gente esté lista”. Tenemos que estar listas ahora.

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